Escribir para muchos es un problema, un dilema de aquellos que no tiene solución. Escribir para algunos otros es una pasión inquebrantable, irremediable es un vicio intrínseco, nato, burdo y llano. Escribir no es poesía, escribir no forma un poema, no engaña a la vida no cuenta memoria, ni es parte de la historia. Escribir es mirarse en un espejo, encontrar un verso entre enredados tiempos, escribir es suplicarle a la noche un momento tierno y seductor, escribir es mirarte todos los días frente a mí, espejo.
El escribir sin embargo debe y tiene que significar algo más que un don infame de aquellos que recurren a las palabras muy elaboradas para hablar. Escribir debe ser más que todo un remedio a aquel mal que agobia y seca la sed de alegría de las personas, debe curar esa enfermedad que aqueja a las parejas cuando ya están gastadas sus memorias, el escribir debe ser solución a aquel gran problema que los padres llevan acuestas frente a sus hijos ya crecidos y que han aprendido a caminar, escribir más que todo debe poder sanar ese maldito cáncer de la sociedad llamado soledad, silencio o crueldad.
Díganme quien no ha sufrido de eso, quien no ha preferido acallar sus problemas frente a los demás simplemente quedándose en silencio y no hablando más, cuantos no han muerto solitarios cual ermitaños al no querer entablar relación alguna con persona cualquiera que frente a ti pueda pasar, quien no ha sido cruel al no saber que decir frente a una persona que entre llantos desahoga su pesar, quien no ha sufrido de silencio al hablar.
Pero no hay mal más dulce que el silencio cuando se sabe apreciar, y es que todo tiene un lado bueno uno que en verdad se pueda tomar y no malgastar. He sido yo propietario en repetidas ocasiones de este mal, al cual he curado con un lápiz y un papel, pero también lo he seducido hasta dejarlo cansado y arto de acompañarme en mi pesar, hasta la soledad se aburrió de mi y no me quiso acompañar. He disfrutado de sus noches pálidas y tranquilas frente al mar, mirando como la luna le hace el amor a esas aguas adormitadas y tranquilas embelesadas con la luz divina de una dama preciosa de tul blanco y seductor andar. He sido carcelero cruel de la inspiración que la soledad brinda y a la vez rebusca entre mis palabras perdidas en la acera de estrellas amarillas, brillantes y golosas de ese manjar de sufrimiento que derramaban mis ojos al hablar.
He sido para todo silencio, soledad o crueldad el peor mal, pues han enfermado con mi alma insana, y mis palabras putrefactas enterradas en la misma fosa que mi cuerpo cayo hace más de 1500 horas. ¡Bah! Que absurdo suena todo al repasarlo en silencio con una mirada cansada y gastada, con esa mirada de ojos caídos que tengo por cualidad. Que si una palabra no cuadra con otra no me interesa, pero si hago daño con ellas de ilusiones se llena mi cabeza. Hoy escribo una vez más porque el frio a mis espaldas se encuentra y la muerte frente a mi rezando porque regrese con ella, a ese lecho fúnebre pero tierno y cálido en verdad. No es una mala idea pero para que sirve morir si se que alguien me volverá a despertar, mejor esperar a la muerte terrenal que de morir en la ficción de mis palabras me he cansado ya.
Declaro haber revivido, resucitado, regresado de entre los poetas muertos, lo declaro no hay mayor verdad, hay una esperanza que a mis oídos aconseja, que mis memorias refleja, hay un pequeño suspiro y una pequeña y hermosa dama que puede hacer que mis palabras se vuelvan mas tiernas o al menos mas amenas. Lo acepto, no hay mentira más grande que aquella que no se cuenta, es por eso que prefiero contar la verdad para que ella sea una historia real entre mis días y una memoria presente en mi mente, que me lleve a recorrer un mundo de obsequios en sus ojos y de regalos en su corazón latente, es por eso que con esta última frase acabo, la letra más compleja de mi vida.
“Somos una gota de sangre entre mil lagrimas de amor”
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